Memorias de un cabrón

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Screaming infidelities

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Algún día te llamaré cuando salga del trabajo y te diré que en media hora llegaré a casa. Tú aprovecharás para decirle a él que se vaya, que estoy llegando. Se quejará, te preguntará enfadado una vez más por qué aún no me has dicho nada, te besará en los labios y se irá, porque te quiere.

Llegaré cansado y no me daré cuenta de que hace meses que ya no me preguntas cómo me ha ido el día. Habrás dejado de hacerlo, porque siempre que lo hagas yo te contestaré con un bufido. Te habrá entrado hambre poco antes de que te llame, así que me tocará cenar solo, pero no me importará. Me ducharé. Me meteré en la cama fría a tu lado. Te dolerá la cabeza y para mí será un alivio, porque después del día que habré tenido no me quedarán fuerzas para otra cosa que no sea dormir.

Te daré un beso de buenas noches, te abrazaré y me dormiré con una sonrisa tonta en la cara pensando en lo felices que somos, en lo mucho que te quiero y que me quieres, en que acurrucarme bajo el edredón a tu lado por las noches es el único motivo que tengo para aguantar días como ese. Tú seguirás dándole vueltas a cómo vas a contármelo.

Algún día llegaré a casa media hora después de haberte llamado al salir del trabajo. Tu cara me lo habrá dicho todo antes de que empieces a hablar. Pensaré que soy tonto, que cómo no pude verlo venir, que te quiero y que todo es una mierda. Posiblemente me ponga a llorar. Tú te mantendrás firme por orgullo, porque tiene que quedarme claro que es todo culpa mía. Creo que es ese el momento exacto en el que pensaré que eres una auténtica hija de puta.

Después de todo lo que habremos vivido juntos será muy triste que el final sea ese, así que me estoy planteando seriamente no encontrarte nunca. Eso que nos ahorramos.


Autor: Zhalwa

Escrito por Rafa

16 Febrero 2010 a las 11:38 am

Escrito en categoría: literatura, sociedad

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La habitación del hijo

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Arturo Pérez-Reverte – La habitación del hijo


Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.

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Escrito por Rafa

06 Noviembre 2009 a las 6:27 am